En las dos entregas anteriores, hemos enumerado un conjunto de razones para querer emprender, y ahora me gustaría ampliar esos escritos, pero entrando ya en la práctica del emprendimiento.

Para ello, lo primero que quiero hacer es matizar unas cuestiones de lenguaje. Lo primero que me gustaría hacer es utilizar el lenguaje que yo he oído siempre y que no se por qué razones se ha cambiado.

En el lenguaje de mi juventud, que ya hace unos años, al hablar de empresas, normalmente se ha hablado de: negocios, compañías o sociedades. Así, se hablaba de Fulano de tal, gerente de tal compañía. O se hablaba de Mengano de cual, apoderado de tal Sociedad. Así mismo, se hablaba de Zutano de tal, dueño/propietario de tal negocio.

Además, para los abogados, la palabra negocio tiene una serie de significados variopintos, pero todos coinciden en que en ellos subyace la palabra actividad, normalmente es un asunto encaminado a conseguir algo, que, en los lenguajes mercantil y economicista se refiere a actividades para obtener un beneficio económico.

Así, se decía: montar un negocio, expresión que es tan clara como emprender una empresa, y tal vez más pragmática, cualidad que nunca sobra en el mundo de los negocios.

Pero tampoco vamos a tener problemas por usar una u otra terminología. Sencillamente, quería hacer la aclaración de que la palabra negocio me gusta, y la palabra hacer, también.

Así que vayamos pronto a por nuestro negocio, no sea que alguien nos quite la idea y la fastidiemos, lo cual nos da idea de que en los negocios cuanto menos se hable de proyectos, mejor. Lo que hay que hacer es, constantemente ofrecer novedades a nuestros clientes y a los posibles clientes: 1ª lección.

Ignacio Flores

Químico y emprendedor.